Mi tercer invierno

En los días fríos recuerdo con nostalgia los preciados y soleados días de primavera y verano, y más aún los calurosos días de los 23 años de vida que pasé en mi Venezuela. Días que molestaban en su época por el calor excesivo, las múltiples duchas y cambios de ropa durante el día para no oler a mono, los dolores de cabeza que me daban por permanecer mucho tiempo bajo el sol despiadado de un país con clima tropical, y por el hecho de vivir en una ciudad tan húmeda como Puerto Ordaz rodeada de los dos más grandes e importantes ríos del país.

Este es mi tercer invierno, cosa que me recuerda siempre del lugar donde vengo; días grises y fríos que me ponen a reflexionar, me sacan el mínimo porcentaje de poeta que hay en mi, y me hacen valorar los momentos cálidos de mi vida, cálidos no sólo en temperatura, sino también en sentimientos y vivencias con mi familia, amigos y conocidos. Pienso también en los dos inviernos pasados y en las notables diferencias que han tenido el uno del otro. Este apenas comienza pero sólo unos pocos copos de nieve se han dejado ver, vienen acompañados de granizo y lluvia, por lo que no dura mucho tiempo y casi que inmediatamente se funden al caer al suelo; una de las cosas que influyen en esto es que vivo en una ciudad del suroeste de Francia donde de un tiempo para acá no se ve mucho la nieve a causa del calentamiento global, eso nos permite también tener algunos grados de temperatura por encima de la capital u otras regiones del norte y este del país.

El año pasado no cayó nieve en esta parte del país, solo un poco en altitud, pero mi primer invierno lo recuerdo muy bien, es algo inexplicable, bueno... puedo explicar lo que sentí pero no en toda su magnitud: al dejar Venezuela hacían unos 30°C aproximadamente, 9 horas de vuelo después a mi llegada a la capital francesa me encuentro con -1°, fue fascinante, estaba un poco perplejo, pasmado, no sabia si saltar de la felicidad o atemorizarme por tener una horrible tos y que tuviera que soportar ese frío no arreglaba nada, me preguntaba si lo iba a soportar, en esos momentos recordaba cuando encerraba mi cabeza en el congelador de mi casa con la puerta semi cerrada (lo se,  estoy loco o me falta un tornillo), pero lo hacía porque si la gente que vive los fuertes inviernos en sus países igual salen de sus casas y no mueren de frío pues yo podía meterme por un rato en el congelador y no pasaba nada. Esas ocurrencias de mi infancia que 15 años después me hacen reír solo en mi habitación.

El segundo shock de mi primer invierno fue el 7 de diciembre del 2012, cuando al despertar abro las cortinas y afuera todo estaba blanco, cubierto de unos cuantos centímetros de nieve, solamente el medio de la calle estaba despejado por el paso de la máquina quitanieve que seguramente había pasado más temprano; en ese momento me hubiera gustado inmortalizar mi rostro, una mezcla de sentimientos, algo inexplicable. Ver esa maravilla de la naturaleza, creación de Di-s,  de extrema belleza donde no hay otro color que el blanco y negro,  es la vida vista desde el monocromatismo, igualmente admirable y excitante que ver un paisaje de mil colores.

La temporada fría del año,  vista por mi como un tiempo de cambio, de adormecimiento, de calma pero al mismo tiempo del renacer de nuestros espíritus, de nuestra creatividad y nuestras ganas de vivir y de disfrutar este mundo, es el tiempo en el que nuestros cuerpos duermen para recobrar fuerzas, para florecer en primavera, para sonreír cada día más a la vida y recibir de ella todas las bendiciones que son repartidas a todos por igual, nadie recibe más que otros, nadie recibe menos que otros, solo tu eres responsable de tomar y apropiarte de todo lo bueno que hay en este mundo para ti.

Vive tu vida, deja a los otros vivir, perdona, haz el bien y sobre todo, no dejes que esos pequeños problemas de la cotidianidad te priven de ser feliz.

Luis CABEZA
Toulouse, France
29/01/2015

Comentarios